80 anys de l’ascens al poder de Hitler

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Hitler bromea con Goebbels a mediados de 1943

Rosalía Sánchez | Berlín

Actualizado miércoles 30/01/2013 04:21 horas

“Y ahora, señores míos, que Dios los asista”, dijo el anciano presidente del Reich, von Hindenburg, en el momento en que otorgaba el poder a Adolf Hitler el 30 de enero de 1933. De todos los aniversarios del Tercer Reich, posiblemente sea este episodio histórico el que más ayude a reflexionar sobre el ascenso de Hitler al poder, el punto de inflexión en el que confluyen todos los factores que propiciaron el triunfo del nazismo y, sobre todo, en el que se revelan las carencias políticas y sociales de la Alemania de Weimar, en las que Berlín sigue obsesionada por no volver a caer.

La humillante Paz de Versalles había sumido al país en un peculiar estado de ánimo colectivo de frustración. La crisis económica había desembocado en un paro desesperanzador, de forma que muchos militantes socialdemócratas justificarían su conducta años más tarde recordando que Hitler, por lo menos, les había dado trabajo.

La decisión de Bundesbank de imprimir moneda para salvar la situación había llevado la inflación a cuotas delirantes de manera que la tradicional clase media ahorradora alemana se había arruinado, mientras que los oportunistas que se habían endeudado para invertir en inmuebles y joyas se habían hecho millonarios.

Ante la miseria, el hambre y la falta de atención sanitaria, el ocio se convirtió en un medio de evasión de masas a través de una poderosa industria del ocio en torno a los medios de comunicación, el cine y los clubes nocturnos, en un ambiente de depravación y decadencia moral como nunca había vivido Alemania. Todo y todos estaban en venta. La Revolución de noviembre, además, había provocado la aparición de los ‘Freikorps’ y las organizaciones de defensa, bandas armadas que sembraban la violencia y el terror en las calles.

Pero todo esto no hubiese sido suficiente sin una maniobra política desesperada en medio de una maraña de intereses rastreros que enfrentaban a los miembros del más estrecho círculo del canciller alemán. El poder ya no residía en el pueblo ni el Parlamento democráticamente electo, sino en el presidente Hindenburg, que a sus 67 años y arrastrando una mala salud era propenso a ser manipulado por su propia camarilla.

Por un lado, el partido nazi estaba dividido y en quiebra. Sus seguidores más radicales, ante la falta de resultados y protagonismo, estaban abandonando sus filas, pasándose al comunismo, y otros dirigentes con Strasser le disputaban a Hitler el control. Esto constituía una tesitura de debilidad interna que le impulsó a buscar apoyos fuera.

Por otra parte, y al igual que su predecesor, el nuevo canciller von Hindenburg resultó incapaz de conseguir la mayoría parlamentaria y necesitaba un pacto para gobernar en el que Hitler seguía negándose a conformarse con la Vicecancillería. Quería el primer puesto.

Franz von Papen, que acababa de perder el cargo de canciller y contaba todavía con la confianza de Hindenburg, pactó con Hitler el 4 de enero: influiría en el presidente a cambio de un lugar de poder en la futura coalición. El 22 de enero, Hitler se reunió con Otto Meissner y con Oskar von Hindenburg, secretario e hijo del presidente respectivamente, consiguiendo su apoyo.

Finalmente, tal día como hoy hace 80 años, Hitler fue nombrado canciller de Alemania y ni sus socios de Gobierno ni los ricos industriales que habían apoyado su causa lograrían ya controlarle. Esa misma tarde tuvo lugar desde la Wilhelmstrasse un desfile de camisas pardas que cortó el tráfico en el centro de Berlín durante cinco horas, mientras Hitler se encerró en la Cancillería, sumido en un monólogo del que iba haciendo partícipes, a trompicones, a los subordinados y sus esposas que acudían a felicitarle. Era la elaboración interna de todo un programa que quedó resumido en esta frase, recordada por Emmy Göring: ha dado comienzo la máxima revolución racial alemana de la Historia universal.

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