L’equip D

[foto de la noticia]Cinco espías imperfectos propiciaron el Día D. Ben MacIntyre los retrata

Ángel Vivas | Madrid

Actualizado sábado 16/03/2013 04:39 horas

El clásico Sun Tzu lo dejó dicho en ‘El arte de la guerra’, ese libro escrito algunos siglos antes de Cristo que sigue estudiándose en las academias militares: “El enemigo no debe saber dónde pretendo dar batalla. Ya que si no sabe dónde pretendo dar batalla debe prepararse en muchos sitios. Y cuando se prepara en muchos sitios, aquellos a los que tengo que combatir en cada uno de los lugares serán pocos. Y cuando se prepara en todas partes será débil en todas partes”.

El historiador británico Ben MacIntyre, que ya había dedicado un par de libros a temas de espionaje durante la Segunda Guerra Mundial, pone esa cita al frente de ‘La historia secreta del Día D’, volumen que acaba de publicar Crítica. Como sugiere su título, el nuevo trabajo de MacIntyre trata de la gran operación de engaño que también fue el desembarco de Normandía y del curioso grupo de agentes que la protagonizaron.

Sobre lo primero, la cita de Sun Tzu es suficientemente explícita, pero MacIntyre lo aclara más en las primeras páginas. “El objetivo principal de la ‘Operación Bodyguard’ era engañar a los alemanes para que creyeran que la invasión llegaría a un punto que no era, y que no llegaría al lugar que era. Y aún más, para asegurarse de que esas tropas que se estaban preparando para rechazar la falsa invasión no eran desplegadas para repeler la auténtica, el engaño debía mantenerse después del Día D. Solo se podía poner en su sitio a Goliat si no sabía de dónde le venía la honda de David, y si se quedaba intentando averiguarlo”.

Del éxito de la operación da idea el siguiente dato: el general Eisenhower dijo que necesitaba 24 horas para hacerse fuerte en las playas de Normandía, y ése era el tiempo que pedía que se mantuviera engañados a los alemanes, sin que estos desplazaran allí al poderoso 15º Ejércitosituado en Calais. El engaño de los agentes aliados, entre los que el español Juan Pujol jugó un papel destacado, fue tan perfecto que Eisenhower obtuvo siete semanas de plazo, y los alemanes, que acabarían condecorando a Pujol, se quedaron pensando que lo de Normandía era una maniobra de distracción y que el verdadero gran desembarco en Calais se había pospuesto y finalmente suspendido.

El mismísimo Kim Philby, inglés que espió para el KGB y verdadero artista del engaño, calificó aquella estrategia como “una de las operaciones de inteligencia más creativas de todos los tiempos”.

El libro cuenta esa operación y cuenta, sobre todo, quienes eran los agentes implicados en ella. Especialmente, los cinco protagonistas: Dusan Popov, Roman Czerniawski, Lily Sergeyev, Juan Pujol y Elvira de la Fuente Chaudoir. “No fueron los tradicionales héroes de guerra, provistos de armas sofisticadas”, dice Macintyre, “sino héroes conflictivos, defectuosos, demasiado humanos y nada unidimensionales, movidos por razones muy diversas, desde el patriotismo a la avaricia, pasando por el afán de aventura, cada uno con su propio camino detrás”.

Eran un serbio seductor y enamoradizo, un piloto polaco fanáticamente patriota que también hubiera traicionado a Gran Bretaña si hubiera hecho falta, una francesa voluble hasta la histeria y amante de los perros hasta límites peligrosos, un español profundamente excéntrico y una peruana mundana, ludópata y bisexual.

Actuaron independientemente los unos de los otros, coordinados por un prototípico oficial inglés que manejó todos los hilos con inteligencia. Durante mucho tiempo fueron héroes anónimos que contribuyeron a salvar las vidas de muchos soldados Ryan en un desembarco que pudo haber sido mucho más terrible y mortífero de lo que fue. Ayudaron de un modo decisivo a que la batalla de Normandía fuera el principio del fin del dominio nazi sobre Europa. Lo hicieron tan bien que los servicios secretos ingleses quisieron retener a algunos de ellos. Ninguno aceptó y el único que se postuló para seguir, el serbio Popov fue rechazado. Desaparecieron con el mismo sigilo con que habían trabajado. MacIntyre dice que le fascina el modo en que desaparecieron y se dispersaron.

Czerniawski no pudo volver a su amada Polonia, dominada por un régimen comunista; acabó su vida rodeado de gatos y viendo películas de James Bond. Lily se convirtió en una apacible ama de casa. Pujol renunció a seguir en el servicio secreto y se estableció en Venezuela donde abrió una librería. Elvira también rechazó seguir, puso una tienda de regalos en la Costa Azul y se arruinó, pese a haber dejado los casinos. Popov se compró un castillo con vistas a Niza, se casó un par de veces con jóvenes menores de 20 años y acabó abriendo una clínica de rejuvenecimiento en las Bahamas.

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